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Morfosintaxis: el morfema de número

Ahora que ya hemos visto el morfema de género (en las tres entradas anteriores a la presente), es hora de hablar del morfema de número.

La categoría del número ha sufrido pocas variaciones en el paso del latín al castellano.

Sus dos miembros, singular y plural, se mantienen con el mismo contenido (los restos latinos del dual, DUO, AMBO, ya en latín se trataban como plurales).

Por otro lado, la expresión del número deriva directamente de la latina.

Latín

El latín no tenía marca específica para el número. Solo presentaba desinencias distintas de caso en singular y plural, pero sin que pudiera aislarse en esas terminaciones la parte propia del número:

Nom. sing.: ROSA              DOMINUS

Nom. plur.: ROSAE            DOMINI

Acus. sing.: ROSAM           DOMINUM

Acus. plur.: ROSAS             DOMINOS

No obstante, uno de los casos más utilizados, el acusativo, terminaba en –s en plural (ROSAS, DOMINOS, HOMINES).

Además, en latín tardío reaparecieron con fuerza formas arcaicas y dialectales de nominativos plurales como ROSAS (frente a ROSAE) y DOMINOS (frente a DOMINI).

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Fonética: consonante + i

El grupo latino -ti- ante vocal evolucionó a -ci-. Durante la época medieval pasó por un sonido parecido a [ts] (escrito z o ç), como en el Cantar de Mio Cid: cabeça < *capitia; força < fortia. La Real Academia Española prescindió de esta grafía en la reforma llevada a cabo en 1726.

También la grafía ñ experimentó vacilaciones hasta adquirir su forma actual (fruto de la superposición de dos enes) y se escribió de muy diversas manras, como nn, ny o gn, algunas de las cuales han sido adoptadas por lenguas modernas como el francés (Catalogne) o el catalán (Catalunya).

Estos son algunos ejemplos de las evoluciones antes mencionadas:

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Morfosintaxis: la conservación del género II

La atracción formal actuó sobre los sustantivos neutros latinos.

Así, se hicieron masculinos los acabados en –UM. Ejs.:

TEMPLUM > templo

CAELUM > cielo

VINUM > vino

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Morfosintaxis: conservación del género

Como vimos el pasado Miércoles morfosintáctico, en el paso del latín al castellano, lo más habitual es la conservación del género etimológico latino: ROSAM (fem.) > rosa (fem.); OCULUM (masc.) > ojo (masc.). No obstante, se han producido cambios que estudiaremos en dos grupos:

1) Acomodación del género a la forma.

2) Acomodación de la forma al género.

Hoy veremos el primero de ellos.

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Morfosintaxis: la pérdida del género neutro

En el paso del latín al castellano se perdió el género neutro, salvo algunas excepciones que ya hemos mencionado y que volveremos a ver más adelante.

Desde el siglo I d. C. se fueron reasignando los antiguos sustantivos neutros a cualquiera de los otros dos géneros, bien en virtud de su terminación o por algún otro motivo más particular.

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