kiko-amat--644x662Ay, Kiko Amat, ese gran desconocido… Pero desconocido, desconocidísimo. Descatalogado, de hecho. Llevaba dos años detrás de leer este libro en concreto, dos años buscando por las estanterías de las librerías, sin éxito, y preguntando por él sin más intención que saber que realmente existe y no fue un sueño, y tenerlo en mis manos unos minutos, básicamente, porque la cosa estaba muy mala. Pero se ve que los Reyes Magos todo lo pueden, y tras reservarlo y esperar un mes enterito a que lo trajeran (que parece que lo hubieran hecho como los antiguos libros tipográficos del siglo XV), me regalaron estas 200 páginas de oro puro.

Ya tenía muy altas expectativas desde antes de tenerlo, pero la verdad es que mi amigo, el verdadero Julián Carax, no me ha decepcionado ni un poquito.

Nos alejamos de figuras literarias decorosas y de palabrejas rebuscadas que solo Borges conoce para adentrarnos en un realismo maravilloso, con todos sus segundos y todos sus minutos, con todas las divagaciones que se pueden hacer acerca de cualquier cosa insustancial una tarde tonta. A ver, os pondré en contexto: dos personajes principales, Julián y Octavia, cada uno por su lado, dos historias que se cruzan en determinados momentos, como es de esperar en estos casos; y un narrador, que yo lo tengo por un personaje más, aunque no físico, y que creo que es el mejor de todos. Doscientas páginas para tres días. Solo tres días. Y no se hacen largos. Largos se hacen los días en ‘La cúpula’, de Stephen King. Eso sí que era morirse de la mañana a la noche. Iban todos, los 987253498 personajes, arrastrando los pies por las calles de Chester’s Mills. A lo que iba, dos personajes fracasadillos y, aunque muy mundanos, muy de a pie, también muy peculiares. Sobre todo él. Y, como decía, un narrador omnisciente, que muestra muchas veces un estilo más próximo a la expresión oral que a la escrita: hace referencias al lector, se pone a divagar sobre sus propios pensamientos, opina sobre los personajes, lo que les acontece y el contexto, se pierde a veces en la narración de los hechos… Una maravilla. Y eso de los pensamientos, por parte tanto de los personajes como del narrador, es una de las cosas que resaltaría de este libro, porque es muy difícil, MUY DIFÍCIL, llenar líneas y líneas con pensamientos ocurrentes, absurdos e incluso repetitivos a veces sin que se le haga pesado al personal (véase el caso de Katniss Everdeen, que se pasa las horas muertas pensando, y encima pensando pa’ ná’, porque después no hace nada de lo previsto o no llega a ninguna parte interesante). Y digo líneas porque -otro punto a su favor- el libro está dividido en capitulitos-itos: tres o cuatro carillas por regla general. Tanto es así, que te acostumbras de forma que seis carillas ya te parece una barbaridad y estás desando meterle mano al siguiente capítulo. Estos capítulos están titulados con una o varias palabras que se encontrarán en el mismo capítulo, lo cual me daba una curiosidad terrible porque es imposible saber por dónde va a salir. Pongamos como ejemplos “Agamenón”, “Orejas”, “Lechuga” o “Vokuhila”.

Os voy a poner un fragmento al azar (prometo que ha sido al azar), para que veáis un poco el estilo:

En el autobús hacia Gràcia, Julián se columpia en la barra con ambas manos mientras piensa en la situación. La forma en que su cerebro funciona es esta:
Aparece la idea prioritaria.
Las prioridades de Julián son como los temporizadores en forma de gallina que la gente tiene en la cocina. Un lo pone en marcha para diez minutos y cuando han pasado suena un timbre y el reloj se para.
Las prioridades de Julián tienen fecha de caducidad como la leche de vaca. Hay que utilizarlas en el momento o se ponen malas.
Uno se puede tirar horas inventando metáforas sobre las prioridades de Julián.
Es divertidísimo.
Tenéis que probarlo un día de estos.

kikoamatEl autor tiene muchas ocurrencias divertidas y las descripciones se forman de detalles muy curiosos, nada estereotípico o común, nada que me haya encontrado antes. Por eso me ha encantado. Se sale de lo común. Y entra en un naturalismo extremo y de tú a tú. Y nos muestra la locura de un excéntrico y, lo piensas bien, todos padecemos esa locura a diario. Imaginaos lo caótico que sería escribir todo lo que se nos pasa por la cabeza. Imaginaos que lo escribimos y después eliminamos la parte aburrida y nos quedamos con lo realmente interesante, con la esencia, con la crema pensativa. Imaginaos ahora que somos capaces de sumergir esos pensamientos en un contexto y hacer con ellos una historia. Eso es lo que hace Julián Carax.

Y hasta aquí todo lo que quería destacar. Como veis, he pasado un poco del contenido, de la historia en sí. Tres días pueden dar para mucho, sí, pero creo que este no es el caso, trascendentalmente hablando. Pero claro, tiene su historia, pasan sus cositas, despiertan la curiosidad del lector, ¿y qué pasó antes? ¿Y qué pasará después? Tres días. Tres días de nuestras vidas. Tres días moviditos, por lo menos. Pues eso. A mí esos tres días me van a acompañar mucho tiempo. Para mí, este libro es todo un acierto. Bien por Carax.

Una última cita antes de terminar:

Detrás de él, sus amigos cuchichean. Puede oírles con toda claridad. Cuchi-cuchi-cuchi.

En conclusión: altamente recomendable. Encantada de la vida me hallo con este señor. Palabrita.

P.D: Perdonad lo caótico del texto. Son los nervios. La emoción del momento. Ay.

Escrito por Rosa R. Galisteo

Filóloga y correctora ortotipográfica y de estilo.