La labor de un corrector no se limita a corregir tildes y poner comas. Va más allá de la forma y del contenido. A veces, incluso, va más allá del texto. Hay que tener en cuenta que se trabaja con una obra ajena, cuyo autor no siempre coincide con los apuntes del corrector, aun cuando estos son algo normativo. El corrector lleva siempre por bandera la norma de la Real Academia Española, y debe defenderla con uñas y dientes. Porque si un libro es magnífico, aplauden al autor; pero si hay una falta de ortografía, todos apuntan al corrector, si es que lo hay.

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El autor siempre tiene la última palabra, y si ni corrector ni editor logran bajarlo del burro, no hay nada que hacer.
Es un error frecuente tratar la lengua oral y la escrita del mismo modo. Hacerlo da lugar a errores como el de la imagen anterior. Si se quiere dar a entender una pausa en mitad de la frase, lo correcto es usar los puntos suspensivos: “¿Era maja… tu abuela?” De esta forma no habrá ninguna consecuencia sintáctica y se consigue el objetivo que se persigue. De todas
formas, hay que estar muy seguro de sí mismo para pensar que solo se ha escapado una coma, excepcionalmente, y afirmando, además, que dicha coma está bien puesta. Lo cierto es que siempre hay algún detalle que se escapa. Cuando escribes, lees, reescribes, vuelves a leer, corriges y vuelta al principio, tienes el texto tan asimilado que vas casi de carrerilla sin reparar en fallo alguno. Y en este mundo no todo es cuestión de comas.

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Música para feos

Lorenzo Silva

Ediciones Destino, sello de Editorial Planeta

1ª Edición, abril de 2015

Páginas 46, 49 y 50

Escrito por Rosa R. Galisteo

Filóloga y correctora ortotipográfica y de estilo.