La corrección de pruebas

Escribir una obra no es tan fácil como sentarse y dejar las letras fluir. Hay que trabajar mucho el texto, jugar con el léxico, los ritmos, adaptarlos a la trama, borrar lo que sobre, corregir lo que se puede mejorar, probar varias estructuras y volver de nuevo sobre el texto hasta estar satisfecho y avanzar. Pero el trabajo no termina ahí: el resultado final de ese escrito en bruto ha de pasar por las manos de uno o varios lectores cero, editor, corrector, traductor, maquetador… A veces, de tanto escribir, cambiar, retocar, borrar y reescribir, el texto se desfigura y pasan cosas como esta:

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Fe de erratas: el duro trabajo del corrector

La labor de un corrector no se limita a corregir tildes y poner comas. Va más allá de la forma y del contenido. A veces, incluso, va más allá del texto. Hay que tener en cuenta que se trabaja con una obra ajena, cuyo autor no siempre coincide con los apuntes del corrector, aun cuando estos son algo normativo. El corrector lleva siempre por bandera la norma de la Real Academia Española, y debe defenderla con uñas y dientes. Porque si un libro es magnífico, aplauden al autor; pero si hay una falta de ortografía, todos apuntan al corrector, si es que lo hay.

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