La labor de un corrector no se limita a corregir tildes y poner comas. Va más allá de la forma y del contenido. A veces, incluso, va más allá del texto. Hay que tener en cuenta que se trabaja con una obra ajena, cuyo autor no siempre coincide con los apuntes del corrector, aun cuando estos son algo normativo. El corrector lleva siempre por bandera la norma de la Real Academia Española, y debe defenderla con uñas y dientes. Porque si un libro es magnífico, aplauden al autor; pero si hay una falta de ortografía, todos apuntan al corrector, si es que lo hay.